Un país repartido en miles de islas distintas.
Indonesia se extiende sobre un rosario de islas que cruza el ecuador de punta a punta. Java concentra los grandes templos y los volcanes más espectaculares; Bali vive su propia versión del hinduismo; y hacia el este aparecen dragones, arrecifes y aldeas donde el tiempo transcurre de otra manera.
Casi todos los viajes empiezan en Java y terminan en el mar, pero el orden puede invertirse. Lo que no cambia es la sensación de estar en un país joven y volcánico, con la tierra siempre a punto de moverse y una densidad cultural enorme en muy pocos kilómetros.
Java guarda los conjuntos budista e hinduista más importantes del país y una cadena de volcanes activos que se suben de madrugada. Bali añade templos junto al mar, arrozales en terraza y una vida ritual constante. Más al este esperan Flores, Komodo y las islas pequeñas.
Aquí convivieron reinos hinduistas y budistas antes de la llegada del islam, y de esa superposición quedan santuarios monumentales, palacios de sultán, batik, gamelán y teatro de sombras. En Bali, cada aldea celebra sus ceremonias y deja ofrendas diarias en las puertas.
El país se asienta sobre el cinturón de fuego: calderas humeantes, lagos de cráter y amaneceres sobre un mar de nubes. Bajo el agua, algunas de las mejores paredes de coral del planeta, con mantas, tortugas y peces en cantidades poco habituales.
La mesa indonesia se apoya en el arroz y en el sambal, la pasta de chile que acompaña casi todo. Satay a la brasa, rendang cocinado durante horas, sopas de fideos, pescado a la parrilla en la playa y café cultivado en las laderas volcánicas.
La estación seca, de abril a octubre, es la más cómoda en Java y Bali; el este admite matices. Los vuelos internos y los ferris enlazan las islas. Cada viaje a Indonesia se diseña a medida: cuántas islas, cuántos volcanes y cuántos días frente al mar.
De las avenidas de Yakarta a la arena de las Gili, estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Indonesia. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
El puerto por el que entra todo.
La capital mezcla un casco antiguo de almacenes coloniales con avenidas modernas, mezquitas monumentales y museos que ordenan la historia del archipiélago. Un aterrizaje ruidoso antes de salir hacia el interior de la isla.
Batik, sombras y palacio de sultán.
La capital cultural de Java conserva un palacio real en activo, talleres de batik y plata, y funciones de teatro de sombras con orquesta de gamelán. Es también la base natural para los grandes templos cercanos.
Una montaña de piedra en terrazas.
El gran templo budista de Java se ordena en plataformas cuadradas y círculos con estupas caladas, cada una con un buda dentro. Se recorre en espiral y al amanecer emerge de la niebla del valle.
Torres afiladas contra el cielo.
Frente al conjunto budista se levanta el gran santuario hinduista de la isla: torres puntiagudas cubiertas de relieves que narran el Ramayana, y un escenario donde esa misma historia se representa con danza.
Un cráter humeante en un mar de arena.
Se madruga para ver salir el sol sobre una caldera enorme de la que emergen varios conos. Abajo, una llanura de ceniza que se cruza a pie o a caballo hasta el borde del cráter activo.
Un lago turquesa y llamas azules.
En el extremo oriental de Java, un cráter guarda un lago ácido de color imposible y minas de azufre que todavía se explotan a mano. De noche, la combustión del gas dibuja llamas azules sobre la roca.
Arrozales, talleres y ceremonias.
El centro cultural de Bali se rodea de terrazas de arroz, gargantas con ríos y aldeas de talladores y pintores. Cada día hay ofrendas en las puertas y, por la tarde, danza con máscaras en algún templo.
Santuarios asomados al mar.
La isla está sembrada de templos: uno sobre una roca batida por las olas, otro reflejado en un lago de montaña, el santuario madre en la ladera del volcán mayor. Todos siguen recibiendo ofrendas a diario.
Dragones, arrecifes y colinas peladas.
Un archipiélago de islas secas donde vive el mayor lagarto del planeta. Alrededor, corrientes cargadas de vida marina, playas de arena rosada y, en la isla vecina, lagos de cráter de distintos colores.
Sin coches, solo bicicletas y arena.
Tres islotes frente a Lombok con playas de arena blanca, arrecifes a pocos metros y tortugas que se cruzan sin buscarlas. No hay tráfico a motor y el plan se reduce a nadar y esperar el atardecer.
01 / 10
Cuéntanos cómo lo imaginas —templos, volcanes o islas— y creamos una propuesta única, a tu medida y sin compromiso.