El país que no tiene ninguna prisa.
Laos es el único país sin salida al mar del sudeste asiático, y eso lo ha mantenido al margen del turismo masivo. El Mekong lo atraviesa de norte a sur y sigue siendo su columna vertebral: por él se viaja, se pesca y se organiza la vida de las aldeas ribereñas.
El viaje alterna monasterios de tejados bajos y madera dorada, montañas de caliza cubiertas de selva, mesetas de café y aldeas de etnias distintas. Todo transcurre a una velocidad que sorprende al principio y se agradece a los dos días.
El país se recorre siguiendo el Mekong y sus afluentes: la capital tranquila en el centro, la antigua ciudad real en el norte, valles de caliza y aldeas de montaña, y al sur una meseta de café que baja hacia un laberinto de islas fluviales.
El budismo theravada marca el día: al amanecer, las filas de monjes recorren las calles recogiendo arroz. Los templos conservan madera tallada, mosaicos de espejo y estupas doradas, y muchos siguen funcionando como escuela para los niños de las aldeas.
El norte es un paisaje de picos verticales, ríos verdes y cuevas; el centro guarda una cavidad fluvial larguísima que se navega en barca; y el sur despliega la meseta de Bolaven, con saltos de agua altísimos y plantaciones de café entre el bosque.
Se come con las manos: bolitas de arroz glutinoso que se mojan en salsas, laap de carne o pescado picado con hierbas, sopas ligeras, pescado del río a la brasa y ensaladas de papaya. La influencia francesa dejó además buen pan y buen café.
De noviembre a marzo el clima es seco y templado; después llegan el calor y la lluvia, que ponen los arrozales de un verde intenso. Las carreteras piden tiempo y el río es una alternativa. Cada viaje a Laos se diseña a medida: navegación, montaña, aldeas y días de calma.
De las avenidas arboladas de Vientián a las islas del Mekong, estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Laos. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
La capital más tranquila de Asia.
Avenidas arboladas junto al río, una estupa dorada que es símbolo nacional, templos con budas por millares y cafés de herencia francesa. Se recorre en un par de días sin ninguna sensación de agobio.
Picos verticales sobre el río.
Un valle rodeado de montañas de piedra que se levantan como paredes. Se navega en kayak, se pedalea entre arrozales, se entra en cuevas con río y se sube a miradores para ver amanecer entre la niebla.
Monjes al amanecer y madera dorada.
La antigua capital ocupa una lengua de tierra entre dos ríos y conserva monasterios de tejados bajos, casas coloniales y un mercado nocturno. Cada mañana, las filas de monjes recogen la ofrenda de arroz.
Escalones de agua turquesa.
A poca distancia de la ciudad real, un río cae por terrazas de roca caliza formando pozas de un azul difícil de creer. Alrededor, bosque, pasarelas de madera y un santuario de osos rescatados.
Miles de budas en un acantilado.
Se llega navegando el Mekong hasta un acantilado donde dos cuevas guardan una acumulación de imágenes de buda dejadas allí por peregrinos durante generaciones. El trayecto en barca vale tanto como la llegada.
Un puente, un río y paredes de roca.
Al norte, un pueblo pequeño encajado entre farallones sobre un afluente del Mekong. Miradores que se suben en una hora larga, aldeas río arriba a las que solo se llega en barca y silencio absoluto de noche.
Vasijas de piedra sin explicación clara.
En la meseta del noreste, cientos de recipientes de piedra tallada aparecen repartidos por praderas abiertas. Se atribuyen a prácticas funerarias antiguas, aunque su origen sigue discutiéndose entre los arqueólogos.
Cascadas entre plantaciones.
Al sur, una meseta fresca cubierta de cafetales y bosque, con saltos de agua altísimos y aldeas de etnias distintas. Se recorre en moto o en coche siguiendo un circuito de cascadas y fincas familiares.
Un templo anterior a los de Angkor.
En la ladera de una montaña sagrada, un santuario jemer más antiguo que los grandes conjuntos vecinos se despliega en terrazas y escalinatas, con estanques ceremoniales y frangipanis creciendo entre las piedras.
El Mekong se abre y se detiene.
En el extremo sur el río se ensancha en un laberinto de islas donde apenas hay coches. Hamacas, bicicletas, cascadas caudalosas y la posibilidad de ver delfines del Irawadi en el tramo final del viaje.
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