Rocosas, lagos turquesa y dos culturas conviviendo con naturalidad.
Naturaleza a una escala que cuesta imaginar.
Canadá es el segundo país más grande del mundo y casi toda su población vive en una franja próxima a la frontera sur. Eso deja detrás una extensión enorme de bosque, lago, montaña y tundra, con parques nacionales del tamaño de países europeos enteros.
De los cascos históricos del este francófono a las playas de la isla del Pacífico, pasando por las Rocosas o por la bahía donde se reúnen los osos polares, el viaje se organiza casi siempre eligiendo un extremo del país: cruzarlo entero da para varios viajes distintos.
El este francófono mantiene otra relación con la calle, la mesa y el urbanismo: cascos amurallados, terrazas, festivales y una gastronomía propia. El oeste anglófono es más reciente y está más volcado a la montaña y al Pacífico. Recorrer los dos lados explica el país mucho mejor que quedarse en uno.
La cordillera del oeste concentra lagos de un turquesa que viene del polvo glaciar, campos de hielo, cascadas y fauna de gran tamaño. Los parques están muy bien organizados, con miradores accesibles y senderos señalizados, y la carretera que los enlaza es una atracción en sí misma.
Osos negros y pardos, alces, ballenas en los dos océanos, belugas en un estuario del este y osos polares reuniéndose en otoño a la espera de que se hiele la bahía. Casi todo se observa en salidas guiadas con temporadas muy marcadas, así que conviene planificar el viaje alrededor de ellas.
Montreal mezcla arquitectura antigua y creatividad; Quebec conserva el único casco amurallado que queda al norte de México; Toronto concentra la energía y la diversidad del país; y Vancouver vive entre el mar, la montaña y sus parques urbanos. En todas se come muy bien y se camina todavía mejor.
El verano, de junio a septiembre, abre los parques y las carreteras de montaña; el otoño trae el color de los bosques del este y la temporada de osos polares; y el invierno, esquí, auroras y hoteles de hielo. Las distancias obligan a combinar vuelos internos con coche. Cada viaje a Canadá lo diseñamos a medida, eligiendo el este, el oeste o una combinación de ambos.
De las calles de Montreal a las playas de la isla de Vancouver: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Canadá. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
Europa y América en la misma acera.
La ciudad francófona más grande de América reúne un casco antiguo empedrado, una escena creativa muy viva, mercados enormes y una forma de echarse a la calle en cuanto asoma el buen tiempo.
El único casco amurallado del norte del continente.
Sobre un promontorio junto al río, un centro histórico de calles estrechas, murallas y tejados de cobre, con un aire francés que no se ha diluido en cuatro siglos. Especialmente bonito bajo la nieve.
La cara más diversa del país.
La ciudad más grande del país se reparte en barrios de todas las procedencias, con una torre asomada al lago, mercados de comida internacional y museos importantes. Base habitual antes de bajar a las cataratas.
El estruendo se oye antes de llegar.
Una cortina de agua enorme en forma de herradura, que se ve de frente desde el lado canadiense y se aborda por debajo en barco, entre la niebla que levanta la caída del propio salto.
Un pueblo que espera a que se hiele la bahía.
A orillas de una bahía subártica, un pueblo al que no llega ninguna carretera y donde en otoño se concentran los osos polares esperando el hielo. En verano llegan miles de belugas al estuario.
Lagos de un turquesa que parece pintado.
El parque nacional más conocido del país, con lagos glaciares de color imposible, cumbres afiladas, aguas termales y un pueblo de montaña muy cuidado que sirve de base para todo lo demás.
Una carretera entre glaciares colgados.
El tramo que une los dos grandes parques de las Rocosas pasa junto a glaciares suspendidos, lagos de deshielo y cascadas, con miradores continuos y una pasarela de cristal colgada sobre el vacío.
Más bosque, menos gente y un cielo muy oscuro.
El parque vecino es más grande y más silvestre, con cañones estrechos, lagos alargados, fauna cruzando la carretera al amanecer y una reserva de cielo nocturno para ver estrellas sin ningún esfuerzo.
Mar, montaña y ciudad en la misma tarde.
Una ciudad rodeada de agua y de cumbres, con un parque urbano enorme, un mercado en una isla, barrios junto al puerto y la posibilidad de esquiar y pasear por la playa el mismo día.
Bosque lluvioso, ballenas y playas larguísimas.
Frente a la costa, una isla con jardines y aire británico en su capital, bosques de coníferas gigantes y, en el lado oeste, playas batidas por el Pacífico donde se surfea durante todo el año.
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Cuéntanos si te tira más el este, el oeste o las dos costas: creamos una propuesta única, a tu medida y sin compromiso.