Llanuras de estupas, lagos con pescadores y templos dorados.
Un país que parece detenido en otro tiempo.
Myanmar guarda una de las concentraciones de arquitectura religiosa más impresionantes de Asia: una llanura sembrada de estupas de ladrillo, pagodas cubiertas de pan de oro y monasterios de teca que siguen funcionando como escuela para los niños del pueblo.
Alrededor hay un país de ríos anchos, montañas de té y aldeas donde el thanaka pintado en la cara y el longyi anudado a la cintura siguen siendo lo normal. Se viaja despacio, con distancias largas y una hospitalidad que se recuerda mucho tiempo.
El viaje suele empezar en la antigua capital, con su gran estupa dorada, y sigue hacia el centro: la llanura de templos junto al río, la ciudad de los últimos reyes, los puentes de teca sobre el agua y el lago donde se rema con una pierna.
Sucesivos reinos dejaron capitales que hoy se visitan en un mismo día, con murallas, palacios reconstruidos y monasterios de madera tallada. El pan de oro se sigue batiendo a mano y los fieles lo aplican sobre las imágenes hasta deformar su silueta.
El Irawadi atraviesa el país de norte a sur y se navega entre bancos de arena y aldeas alfareras. Al este suben las mesetas del Shan, con plantaciones de té y aldeas de etnias distintas; al oeste se extiende un litoral largo de arena y palmeras.
La cocina birmana mezcla influencias de sus vecinos y añade lo suyo: ensalada de hojas de té fermentadas, sopa de fideos con pescado para desayunar, curris cocinados lentamente en aceite y una batería de guarniciones que llega a la mesa sin pedirla.
La estación seca y fresca, de noviembre a febrero, es la mejor ventana; después llega el calor y más tarde el monzón. Las distancias piden vuelos internos o jornadas largas por carretera. Cada viaje a Myanmar se diseña a medida: templos, río, montaña y playa.
De la gran pagoda de Rangún a la arena de Ngapali, estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Myanmar. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
Una estupa dorada sobre la ciudad.
La antigua capital conserva un extenso conjunto colonial y, en lo alto de una colina, una pagoda cubierta de oro que se llena al atardecer de familias, monjes y ofrendas de flores frescas.
Templos hasta donde alcanza la vista.
Una llanura junto al río sembrada de estupas y templos de ladrillo levantados a lo largo de siglos. Se recorre en bicicleta o en calesa, y al amanecer la niebla los va descubriendo uno a uno.
Un monasterio sobre un tapón volcánico.
Un pitón de roca se levanta vertical sobre la llanura, coronado por un santuario dedicado a los espíritus locales. Se suben cientos de escalones descalzo, entre macacos, con vistas a todo el valle.
Talleres de oro y colinas con vistas.
La ciudad de los últimos reyes conserva un foso enorme, monasterios de teca tallada y talleres donde se bate el pan de oro. Desde la colina que la domina se ve el atardecer sobre el río.
El puente de madera más largo.
A las afueras de la antigua capital, una pasarela de teca de más de un kilómetro cruza un lago poco profundo. Al atardecer se llena de monjes, ciclistas y pescadores recortados contra el sol.
Una ruina colosal y una campana enorme.
Se llega navegando río arriba hasta los restos de una estupa que nunca llegó a terminarse, agrietada por un terremoto. Al lado, una campana descomunal y un templo blanco de terrazas onduladas.
Té, aldeas y un tren sobre el vacío.
En las mesetas del este, un pueblo tranquilo rodeado de plantaciones y aldeas shan que se recorren caminando. El tren hasta aquí cruza un viaducto de hierro suspendido sobre un barranco profundo.
Reman de pie y con una pierna.
Un lago poco profundo rodeado de montañas donde los pescadores manejan el remo con la pierna. Aldeas sobre pilotes, huertos flotantes, talleres de tejido de loto y monasterios a los que se llega en barca.
Templos de piedra entre colinas.
Apartado y difícil de alcanzar, este antiguo reino dejó templos macizos de piedra repartidos entre colinas y arrozales. La niebla del amanecer y la ausencia de visitantes se encargan del resto.
Palmeras, arena y barcas de pesca.
En la costa oeste, una playa larga de arena clara bordeada de cocoteros, con pueblos de pescadores en los extremos y muy poca construcción. El cierre tranquilo después de tantos templos.
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