Glaciares, osos y montañas que no dejan sitio a las carreteras.
El último gran territorio salvaje de Norteamérica.
Alaska es un territorio de escala desproporcionada: montañas que superan a cualquier otra cordillera del continente, glaciares que llegan hasta el mar, bosques costeros de lluvia constante y una fauna que se deja ver sin demasiado esfuerzo. Buena parte del territorio no tiene carreteras.
Del arranque en Anchorage a los canales del sureste, pasando por la tundra del gran parque del interior o por los fiordos del sur, el viaje combina tramos de carretera, tren panorámico, barco y vuelos cortos. Todo ello dentro de una ventana de temporada bastante estrecha.
Los glaciares son el gran argumento: lenguas de hielo que bajan desde campos helados enormes y terminan cortadas sobre el mar, soltando bloques con estruendo. Se ven desde barco, desde avioneta o caminando sobre ellos con crampones y guía, y ninguna foto prepara para la escala real.
Osos pardos pescando salmón en los rápidos, ballenas jorobadas alimentándose en grupo, alces al borde de la carretera, águilas calvas por decenas y nutrias marinas flotando de espaldas en las bahías. La observación se organiza en salidas específicas y la paciencia acaba recompensando casi siempre.
Solo una parte del territorio está conectada por asfalto. El resto se alcanza en avioneta con flotadores, en ferry o en tren, y ahí está precisamente la gracia: pueblos a los que no llega ninguna carretera, cabañas aisladas y campamentos donde se aterriza sobre un lago.
Los pueblos nativos llevan milenios aquí y su presencia se nota en los tótems del sureste, en los centros culturales y en la toponimia de medio territorio. Sobre esa historia larga se superpuso la fiebre del oro, que dejó pueblos de madera, vías de tren y una mitología propia.
La temporada va de finales de mayo a principios de septiembre, con días larguísimos y todos los servicios abiertos; fuera de esas fechas muchas cosas cierran, aunque el invierno abre la posibilidad de ver auroras. Los alojamientos y los barcos se llenan con muchísima antelación. Cada viaje a Alaska lo diseñamos a medida, según los días, el tipo de transporte y lo que se quiera ver.
Del arranque en Anchorage a los canales de Ketchikan: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Alaska. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
La base desde la que sale absolutamente todo.
La ciudad principal del territorio funciona como punto de llegada y centro logístico, con la mayor base de hidroaviones del mundo, buenos museos sobre los pueblos originarios y montañas al alcance de la mano.
El campamento base de la gran montaña.
Un pueblo de calles de tierra y casas de madera donde se preparan las expediciones a la cumbre más alta del continente. De aquí salen los vuelos panorámicos que llegan a aterrizar sobre un glaciar.
Tundra hasta donde alcanza la vista.
Un parque nacional inmenso recorrido por una sola carretera, que se hace en autobús y atraviesa tundra y valles glaciares. El mejor sitio para ver osos, alces, caribúes y lobos con la gran montaña de fondo.
El mejor cielo del territorio para ver auroras.
En pleno interior, una ciudad de inviernos extremos y veranos con sol casi permanente. Es la base habitual para ver auroras boreales en los meses fríos y el arranque de las rutas hacia el Ártico.
Salmón, glaciares y carretera con vistas.
La zona más accesible en coche desde la ciudad, con ríos llenos de salmón en verano, glaciares que se ven desde el asfalto y pueblos pesqueros donde se sale a pescar fletán y se vuelve el mismo día.
El hielo se rompe delante del barco.
Un parque nacional que solo se recorre por mar, entre paredes de hielo que se desprenden sobre el agua, colonias de frailecillos y leones marinos, y ballenas jorobadas alimentándose muy cerca del barco.
Cascadas colgadas de las paredes del fiordo.
Al fondo de un fiordo rodeado de montañas, un puerto pequeño desde el que se navega o se sale en kayak entre glaciares que llegan al agua, cascadas continuas y nutrias marinas flotando de espaldas.
Una capital sin ninguna carretera de acceso.
Encajada entre el canal y la montaña, es la única capital estatal del país a la que no llega ninguna carretera. A pocos minutos del centro hay un glaciar accesible a pie y salidas para ver ballenas.
Un fiordo donde el hielo todavía manda.
Un parque nacional protegido en el que solo entran barcos con permiso, con varios glaciares desprendiéndose sobre el agua, cabras blancas trepando por las paredes y osos buscando comida en la orilla.
Tótems, lluvia y casas sobre pilotes.
En el extremo sur, un pueblo de casas de madera levantadas sobre pilotes, con la mayor concentración de tótems del territorio, bosque lluvioso alrededor y salmones remontando el arroyo del centro.
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