Volcanes vivos, acantilados verticales y el Pacífico en todas direcciones.
Islas nacidas del fuego en mitad del Pacífico.
Hawái es uno de los archipiélagos más aislados del planeta y eso se nota en todo: en su flora, en su fauna y en una cultura polinesia que ha sobrevivido con fuerza propia. Cada isla es un mundo distinto, con su clima, su carácter y su forma particular de recibir al viajero.
De los volcanes en actividad de la Isla Grande a los acantilados de Na Pali en Kauai, pasando por la caldera de Haleakala o las olas de la costa norte de Oahu, el viaje combina paisajes de escala enorme con playas de arena de todos los colores imaginables.
Oahu concentra la ciudad, la historia y las grandes olas; Maui equilibra volcán, carretera de costa y hoteles frente al mar; la Isla Grande es geología en movimiento; y Kauai, la más antigua y verde, guarda los cañones y acantilados más espectaculares. Un buen viaje combina dos o tres islas, nunca todas.
El archipiélago sigue creciendo. En el parque nacional de la Isla Grande se camina sobre coladas recientes, se asoma uno a cráteres humeantes y se comprueba cómo la lava ha transformado el paisaje en cuestión de décadas. Más al norte, Mauna Kea levanta su cumbre por encima de las nubes y reúne algunos de los observatorios más importantes del mundo.
La lengua hawaiana, el hula y los cantos tradicionales no son un espectáculo para turistas: forman parte de la identidad de las islas y se han recuperado con mucho esfuerzo. Los lugares sagrados, los recintos de piedra y las historias asociadas a cada valle piden respeto y explican el paisaje mejor que cualquier folleto.
Aquí nació el surf y sigue marcando el calendario: en invierno, las olas gigantes de la costa norte; el resto del año, aguas tranquilas para nadar entre tortugas y arrecifes. A eso se suman el buceo, el paso de las ballenas jorobadas en los meses fríos y playas de arena blanca, negra e incluso verde.
El clima es benigno todo el año: el invierno trae más lluvia y el mejor oleaje, y el verano, un mar más calmado. Se llega a través de Honolulú y se salta entre islas en vuelos cortos, así que conviene decidir bien cuántas visitar para no pasarse el viaje en aeropuertos. Cada itinerario lo diseñamos a medida, isla por isla, con los alojamientos, los tiempos y las experiencias que mejor encajen.
De la playa urbana de Honolulú a la bahía de Hanalei: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Hawái. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
Ciudad, playa y cráter en el mismo plano.
La capital reúne la playa urbana más famosa del archipiélago, un cráter que se sube a pie con vistas a toda la costa y los museos y memoriales que explican la historia moderna de las islas.
En invierno aquí manda el mar.
Al otro lado de la isla, campos de cultivo, pueblos de tablas de surf y las playas donde se disputan las grandes competiciones cuando llegan las olas de invierno. Ambiente relajado y puestos de marisco en la carretera.
El amanecer se ve desde arriba del todo.
Un volcán dormido cuya cima se asoma a un paisaje de conos y arena rojiza que parece de otro planeta. Se sube de madrugada para ver salir el sol sobre el mar de nubes, con reserva previa.
El destino importa menos que el camino.
Una carretera estrecha de curvas continuas y puentes de un solo carril que recorre la costa este de Maui entre cascadas, bambúes, playas de arena negra y miradores sobre el Pacífico.
Aquí el suelo todavía se está haciendo.
Cráteres activos, campos de lava recientes, tubos volcánicos y bosques de helechos conviven dentro del mismo parque nacional. El paisaje cambia cada pocos años, literalmente, según lo que decida el volcán.
Un cielo nocturno difícil de igualar.
La montaña más alta del archipiélago se levanta muy por encima de la capa de nubes y acoge grandes observatorios. Se sube para ver el atardecer y quedarse después mirando un cielo sin apenas contaminación lumínica.
El lado seco y soleado de la Isla Grande.
La costa oeste reúne cafetales en ladera, bahías protegidas ideales para bucear, recintos sagrados de piedra restaurados y la posibilidad de nadar de noche junto a mantas gigantes que suben a alimentarse.
Una grieta roja en mitad del verde.
Un desfiladero de paredes rojizas y cascadas lejanas que atraviesa el interior de la isla más antigua del archipiélago. Miradores accesibles en coche y senderos que se adentran hacia la meseta húmeda.
Solo se ve desde el mar o desde el aire.
Paredes verticales cubiertas de vegetación que caen al Pacífico durante kilómetros, sin ninguna carretera que las cruce. Se recorre en catamarán, en helicóptero o caminando por el sendero de la costa.
Montañas verdes al fondo, arena delante.
Al norte de Kauai, una bahía en forma de media luna con montañas surcadas de cascadas al fondo, un embarcadero de madera y el ritmo lento de un pueblo pequeño. El mejor final posible.
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