Ciudades enormes, desiertos rojos y carreteras que no se acaban nunca.
Un país que se recorre en carretera y por capítulos.
Estados Unidos no se visita entero: se elige un capítulo. La costa este concentra las grandes ciudades y la historia del país; el sur aporta una música y una cocina propias; y el oeste guarda los parques nacionales y los desiertos que dieron forma al imaginario del cine.
De los rascacielos de Nueva York a la carretera que bordea el Pacífico, pasando por los géiseres de Yellowstone o las paredes del Gran Cañón, el viaje se arma combinando dos o tres escenarios y moviéndose entre ellos con vuelos internos y tramos largos de coche.
Nueva York funciona como una metrópolis sin equivalente; Washington ordena la historia del país en avenidas y museos; Nueva Orleans suena distinta a todo lo demás; y San Francisco vive entre colinas y niebla. Cada una pide al menos tres días para no quedarse en la superficie.
El oeste encadena una sucesión de parques nacionales que no tiene comparación: cañones excavados por ríos, arcos de arenisca, géiseres, mesetas rojas y bosques de árboles gigantes. Se recorren en coche, con etapas largas entre uno y otro y alojamientos que conviene reservar con mucha antelación.
Aquí conducir no es un trámite: es parte del viaje. Rectas de horas, moteles de neón, gasolineras en mitad de la nada y miradores donde nadie tiene prisa. La costa del Pacífico y las rutas del suroeste son los dos tramos que mejor resumen esa idea.
El país come de todo lo que ha ido llegando: barbacoa lenta del sur, marisco del noreste, cocina criolla de Luisiana, taquerías de California y una escena de autor en cada ciudad grande. Los mercados y las barras de barrio suelen dar mejor idea del sitio que los restaurantes de guía.
La primavera y el otoño son las mejores épocas para casi todo el país: el verano castiga los desiertos y llena los parques, y el invierno cierra carreteras de montaña. Conviene decidir pronto la zona y encajar los vuelos internos con el coche de alquiler. Cada viaje a Estados Unidos lo diseñamos a medida, eligiendo qué zonas entran y cuántos días merece cada una.
De los rascacielos de Nueva York a la carretera de la costa de California: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Estados Unidos. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
La ciudad que sirve de medida a las demás.
Punto de llegada habitual y una ciudad que se recorre a pie y en metro: barrios de personalidad muy distinta, museos de primer nivel, un parque enorme en el centro y miradores que lo explican todo de golpe.
Avenidas anchas y museos de entrada libre.
La capital ordena la historia del país en una sucesión de monumentos, edificios institucionales y museos de acceso gratuito alineados a lo largo de una explanada verde. Se recorre a pie o en bicicleta.
La ciudad que no se parece al resto del país.
Balcones de hierro forjado, música en la calle a cualquier hora y una cocina criolla con raíces francesas, africanas y caribeñas. La herencia del jazz sigue viva en clubes pequeños y en los desfiles de barrio.
Aquí la tierra hierve a la vista de todos.
El primer parque nacional del mundo reúne géiseres que saltan casi con horario, fuentes termales de colores minerales, cañones con cascadas y una fauna abundante de bisontes, alces y osos en libertad.
Arcos, agujas y cañones en cadena.
Un rosario de parques nacionales muy próximos entre sí, con arcos de arenisca, chimeneas de roca anaranjada, cañones estrechísimos y miradores sobre mesetas infinitas. El mejor tramo de carretera del suroeste.
El paisaje que inventó el western.
Mesetas y agujas de arenisca levantadas sobre una llanura roja, en territorio navajo. Se recorre por una pista de tierra o con guías locales, y al amanecer y al atardecer la luz cambia el paisaje por completo.
Una grieta que no cabe en ninguna foto.
El río ha ido excavando durante millones de años un corte de proporciones difíciles de asimilar. Se contempla desde los miradores del borde sur, se baja por senderos empinados o se sobrevuela en helicóptero.
Un espejismo con luz propia en el desierto.
Una ciudad levantada en mitad del desierto, con hoteles temáticos, espectáculos de gran formato y una avenida que hay que ver al menos una noche. También la base logística natural para los parques del suroeste.
Niebla, tranvías y un puente rojo.
Una ciudad de colinas empinadas y barrios muy distintos entre sí, con tranvías históricos, una bahía siempre fresca y el puente más fotografiado del país apareciendo y desapareciendo entre la niebla.
Una carretera pegada al acantilado.
El tramo de costa que baja hacia el sur encadena acantilados, playas larguísimas, pueblos de surf y colonias de elefantes marinos, hasta desembocar en los barrios y las playas de la gran ciudad del sur.
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