La Arabia que no ha cambiado de ritmo.
Omán es la Arabia que muchos imaginan y pocos encuentran: fuertes de barro sobre palmerales, zocos donde todavía se regatea el incienso, montañas peladas con aldeas colgadas en bancales y una costa larguísima de playas casi vacías.
El país ha crecido sin renunciar a su escala. No hay rascacielos ni multitudes; hay carreteras excelentes, hospitalidad sincera y un territorio que se recorre en todoterreno pasando en un mismo día de un cañón con agua a un campamento entre dunas.
El sultanato se despliega a lo largo de una costa larguísima y cambia por completo de un extremo a otro: los acantilados de Musandam en el norte, la capital encajada entre montañas, el interior de fuertes y palmerales, las dunas del este y el sur tropical de Dhofar.
Omán vivió del mar y de la resina. Sus marinos llegaron a África oriental y a la India, y sus puertos exportaban incienso desde la Antigüedad. Tierra adentro, una red de canales excavados a mano —los falaj— reparte el agua desde hace siglos y todavía riega los palmerales.
La cordillera de Hajar recorre el norte con cañones de paredes verticales y aldeas colgadas en bancales. De ella bajan uadis con pozas de agua todo el año. Al este se abren las dunas de Wahiba y, en la costa, playas donde desovan las tortugas.
La cocina omaní es sobria y aromática: shuwa de cordero cocinado un día entero bajo tierra, arroz con especias y limón seco, pescado a la brasa en la costa, halva de azafrán y café con cardamomo servido con dátiles a cualquier hora.
De octubre a abril el clima acompaña en todo el país; el sur, en cambio, se visita en pleno verano para ver el monzón. Se recorre bien en todoterreno con conductor. Cada viaje a Omán se diseña a medida: fuertes, montaña, desierto o costa, y el ritmo que prefieras.
De la bahía de Mascate a las playas de Salalah, estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Omán. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
Una capital blanca entre montañas y mar.
Ciudad baja y encalada, encajada entre farallones y la costa. La gran mezquita despliega alfombras y lámparas monumentales; el zoco de Mutrah huele a incienso; y la ópera sorprende por su calidad.
Los acantilados se meten en el agua.
Una península separada del resto del país donde la montaña cae a plomo sobre ensenadas profundas. Se navega en dhow entre delfines, con paradas para bañarse y aldeas a las que solo se llega por mar.
El fuerte redondo y el mercado de ganado.
La antigua capital del interior gira alrededor de una torre circular enorme y un zoco donde se venden dátiles, plata y halva. Los viernes, el mercado de ganado convierte la plaza en un espectáculo.
Barro, palmeras y muralla.
El oasis de Bahla conserva un castillo de barro rodeado por kilómetros de muralla y una tradición alfarera viva. Muy cerca, el palacio de Jabrín guarda techos pintados y celosías de madera talladas.
Terrazas de rosas sobre el vacío.
A dos mil metros, la meseta se cultiva en bancales colgados del precipicio: granados, nogales y rosales que en primavera se destilan en agua de rosas. Aldeas abandonadas y senderos entre acequias.
El balcón sobre el gran desfiladero.
El techo del país se asoma a una garganta de paredes verticales que se recorre por un sendero tallado en la roca hasta una aldea abandonada. Arriba, aire fresco y alfombras tendidas al sol.
Nadar hasta una cascada escondida en una cueva.
Se cruza en barca, se camina entre palmeras y muros de roca, y se termina nadando por una garganta estrecha hasta una cascada oculta. Agua turquesa y sombra en pleno desierto.
Arena ocre hasta donde alcanza la vista.
Un mar de dunas de tonos cambiantes que se recorre en todoterreno. Campamentos con vistas al horizonte, familias beduinas que siguen criando camellos y noches de cielo limpísimo sobre la arena.
Astilleros de madera y desove nocturno.
En Sur siguen construyendo dhows a mano, con las mismas técnicas de siempre. A pocos kilómetros, una playa protegida donde las tortugas verdes salen de noche a poner huevos en la arena.
El sur que se vuelve verde cada verano.
En el extremo sur, el monzón deja las montañas cubiertas de hierba y niebla mientras el resto del país arde. Playas larguísimas, cocoteros, incienso y ruinas de los puertos que lo exportaban.
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