Música, coches clásicos y arena blanca en un viaje a tu medida.
La isla donde el tiempo se mide en compases.
Cuba se recorre entre fachadas coloniales desgastadas por el salitre, coches americanos de los años cincuenta, valles de tabaco trabajados con bueyes y un litoral que encadena arenales blanquísimos. Una isla larga, musical y muy difícil de olvidar.
La Habana concentra historia y belleza descascarillada a partes iguales, Trinidad conserva el mejor conjunto colonial del Caribe y el oriente aporta otro acento y otra música. Entre medias hay ciénagas repletas de aves, sierras de café y cayos de agua turquesa.
La Habana Vieja alinea plazas restauradas, palacios barrocos y callejones donde la vida ocurre en el umbral de las casas. Trinidad detiene el reloj con su empedrado y sus casonas de colores; Cienfuegos exhibe una elegancia neoclásica de influencia francesa y Camagüey esconde un laberinto de plazuelas e iglesias.
El son, el bolero y la rumba suenan en cualquier esquina, y no como espectáculo para visitantes: la música forma parte del día. A ello se suman las vegas del occidente, donde se lían a mano algunos de los puros más apreciados del mundo, y un ron que se bebe con hierbabuena y sin prisa.
Más allá de las ciudades, el valle de Viñales despliega mogotes redondeados sobre campos de tabaco, la Ciénaga de Zapata reúne una avifauna excepcional, la Sierra Maestra guarda cafetales y senderos, y los cayos del norte ofrecen algunas de las playas más bellas del Caribe.
La mesa cubana es sencilla y sabrosa: ropa vieja, cerdo asado, moros y cristianos, tostones y una fruta tropical que endulza cualquier desayuno. Los restaurantes privados han elevado mucho el nivel en los últimos años y hoy sorprenden tanto en La Habana como en las ciudades coloniales.
Cada viaje a Cuba se diseña a medida, combinando ciudades coloniales, naturaleza y playa, con alojamiento en hoteles o en casas particulares. Los meses secos ofrecen el mejor clima; conviene organizar los traslados con antelación y llevar efectivo, porque el pago con tarjeta puede ser limitado.
De La Habana a los cayos de Jardines del Rey: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Cuba. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
El Malecón lo explica casi todo.
Plazas restauradas y fachadas que resisten como pueden, coches americanos de los cincuenta, música en cada esquina y un malecón donde la ciudad entera se sienta a ver caer el sol sobre el estrecho.
Mogotes sobre campos de tabaco.
Un valle Patrimonio de la Humanidad donde montes redondeados emergen de las plantaciones de tabaco, todavía trabajadas con bueyes. Casas de secado, cuevas, cabalgadas y atardeceres que tiñen la roca caliza de naranja.
Aves, cuevas inundadas y agua clara.
El mayor humedal del Caribe insular, refugio de cocodrilos, flamencos y aves endémicas que no viven en ningún otro sitio. En su costa, cuevas inundadas y arrecifes accesibles convierten cualquier baño en una inmersión.
La perla del sur.
Fundada por colonos franceses, luce un centro neoclásico de trazado ordenado y edificios señoriales asomados a una bahía amplia. Un puerto luminoso, con paseos arbolados y palacetes de aire europeo.
El siglo XIX, intacto.
El conjunto colonial mejor conservado del Caribe: empedrado, casonas de colores y rejas de madera. Alrededor, el valle azucarero de los Ingenios, la sierra del Escambray y una playa a pocos minutos.
La ciudad que selló la revolución.
Ciudad universitaria y desenfadada, marcada por la batalla que decidió el triunfo revolucionario. Su mausoleo y los vagones del tren blindado explican ese capítulo; sus bares y su arte urbano cuentan el presente.
Plazuelas e iglesias sin línea recta.
Su trazado irregular se ideó para despistar a los piratas y hoy despista con encanto al viajero. Plazuelas, iglesias barrocas, tinajones de barro en los patios y una escena artística que sorprende.
Donde nació el son.
La ciudad más caribeña de la isla: música por todas partes, casas de colores en cuestas empinadas, la fortaleza del Morro sobre la bahía y una identidad forjada entre África, Francia y el Caribe.
El rincón más verde de la isla.
La primera villa fundada en Cuba se esconde tras montañas cubiertas de selva, con la mesa del Yunque presidiendo la bahía. Ríos, cacao, cocina propia con leche de coco y sensación de fin del mundo.
Arena blanca y agua turquesa.
Un rosario de cayos unidos por pedraplenes, con arenales blanquísimos, aguas someras y flamencos en las lagunas interiores. El cierre relajado del viaje, frente a un arrecife lleno de vida.
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