Glaciares, viñedos y tango en un viaje diseñado exclusivamente para ti.
Un país inmenso donde cada latitud cuenta otra historia.
Argentina se mide en escalas enormes: cataratas hundidas en la selva subtropical, viñedos al pie de los Andes, estepas barridas por el viento y glaciares que se desploman sobre lagos de agua turquesa. Un destino para quienes disfrutan viendo cambiar el paisaje kilómetro a kilómetro.
Del ritmo nocturno de Buenos Aires a los cerros teñidos de la Quebrada de Humahuaca, de las bodegas de Mendoza al silencio del hielo patagónico, cada región propone un viaje distinto. Y por encima del paisaje está su gente: conversadora, cercana y hospitalaria hasta la última sobremesa.
Buenos Aires marca el pulso del país con sus cafés notables, sus librerías y unos barrios de aire europeo que van del empedrado de San Telmo a los palacetes de Recoleta. Más al interior, Córdoba conserva su manzana jesuítica, Rosario se abre al Paraná y Salta guarda el color colonial del norte.
El tango nació junto al puerto y hoy se baila igual en milongas de barrio que en grandes escenarios. Tierra adentro manda la cultura gaucha: estancias, asados sin reloj, mate compartido y jinetes que siguen trabajando el campo como hace generaciones. Y en el noroeste laten los pueblos andinos, con sus ferias, sus telares y su calendario propio.
Pocos países reúnen extremos tan distintos: la selva atronadora de Iguazú, los salares y cerros de colores del noroeste, los lagos y bosques de la Patagonia andina, la fauna marina de Península Valdés y unos campos de hielo que alimentan glaciares como el Perito Moreno. Distancias grandes, recompensas mayores.
Comer aquí es un plan en sí mismo. El asado ordena los fines de semana y la parrilla se disfruta despacio; a su lado, el malbec de Mendoza, el torrontés salteño, las empanadas que cambian de provincia en provincia, la pasta heredada de la inmigración italiana y el dulce de leche en todas sus formas.
Cada viaje a Argentina se diseña a medida según los días disponibles, el ritmo deseado y el tipo de alojamiento. El verano austral abre de par en par la Patagonia; la primavera y el otoño son perfectos para el norte, Buenos Aires y la ruta del vino. Eligiendo bien las regiones, el país se disfruta durante todo el año.
Del pulso de Buenos Aires al aire austral de Ushuaia: estas son las paradas que dan forma a un gran viaje por Argentina. Desliza, usa las flechas o toca una placa para explorarlas.
Café, tango y sobremesa infinita.
Barrios con personalidad propia: el empedrado de San Telmo, los palacios de Recoleta, el verde de Palermo y unas librerías que están entre las más bellas del continente. Milongas, teatros y vida cultural a cualquier hora.
Se oyen mucho antes de verse.
Un frente de saltos se despeña entre la selva subtropical en uno de los espectáculos naturales más imponentes del planeta. Las pasarelas acercan al viajero hasta el borde mismo de la Garganta del Diablo, entre vencejos y arcoíris.
Vino de altura y caminos de tierra roja.
Salta conserva plazas e iglesias coloniales; a su alrededor, los Valles Calchaquíes despliegan cardones, quebradas rojizas y bodegas de altura en Cafayate, donde el torrontés encuentra su mejor expresión entre montañas.
Geología en technicolor.
Un corredor andino declarado Patrimonio de la Humanidad, con pueblos de adobe, ferias artesanales y laderas teñidas de ocres, violetas y verdes. Purmamarca y el Hornocal regalan las postales más recordadas del norte.
Malbec con la cordillera de telón.
La capital del vino argentino: bodegas de Luján de Cuyo y del Valle de Uco, almuerzos largos entre cepas y la cordillera siempre al fondo. Alrededor, alta montaña, rafting y la ruta que sube hacia el Aconcagua.
Los Andes se miran en el agua.
Bosques de coihues, aguas profundas y cumbres nevadas alrededor del Nahuel Huapi. La Ruta de los Siete Lagos enlaza miradores, playas de canto rodado y pueblos de montaña hasta San Martín de los Andes.
El Atlántico en plena ebullición.
Uno de los grandes santuarios de vida salvaje del Atlántico Sur: ballenas francas en temporada, colonias de pingüinos, elefantes y lobos marinos, y una estepa costera recorrida por guanacos y choiques.
El hielo se rompe delante de ti.
El Perito Moreno avanza sobre el lago Argentino y se desmorona en bloques enormes con un estruendo que no se olvida. Pasarelas frente al glaciar, navegaciones entre témpanos y caminatas sobre el hielo azul.
El pueblo donde el sendero empieza en la puerta.
A los pies del Fitz Roy y el Cerro Torre, aquí se vive de caminar: rutas que arrancan en la última calle y suben hacia lagunas glaciares, bosques de lenga y miradores con agujas de granito recortadas en el cielo.
Donde el continente se termina.
La ciudad más austral se asoma al canal Beagle entre montañas nevadas. Navegaciones entre islotes de lobos marinos y faros, bosques del Parque Nacional Tierra del Fuego y la sensación de estar en el último confín.
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